Fundación Instituto David Hume

Los invitamos a visitar la página de a Fundación Instituto David Hume www.ihume.org

martes, 29 de abril de 2014

Instituciones e incentivos

Un grupo de amigos de la Fundación nos venimos reuniendo en forma mensual en torno a un libro a primera vista bastante claro y directo: The Rational Optimist, de Matt Ridley. Es un libro de divulgación científica que toma partido por el valor positivo del progreso de la ciencia y de las instituciones contemporáneas que hacen a las ventajas mutuas del intercambio, a contrapelo de las visiones pesimistas y críticas que prevalecen en buena parte del ambiente universitario desde hace varios años a esta parte. Uno de los más interesantes desafíos que Ridley le plantea al lector es hacerlo ponerse en el lugar de un hombre que nació y se desarrolla en el mundo previo a la modernidad: sin luz eléctrica, sin vacunas, comunicaciones deficientes y costosas, con una relativa baja productividad del trabajo en general, etcétera.

Ahora bien, una vez que estamos instalados en tal época (en la que no sólo no se han descubierto aún las innovaciones de la técnica que hacen hoy nuestra vida más confortable, si no que fundamentalmente no se encuentran todavía desarrolladas las instituciones que promuevan o aseguren el intercambio) podemos ver que entre las distintas sociedades pre modernas también existían arreglos institucionales que hacían a unas más aventajadas respecto de las otras. Por ejemplo, una de las características  de dicho tipo de sociedades es que existe una disociación entre la toma de decisiones y quién recibirá las consecuencias directas de las mismas: un "paterfamilias" que autoriza el casamiento de un miembro de su familia, por ejemplo, o sistemas de derechos reales que mantienen la propiedad de la tierra dentro de determinado linaje, revirtiendo al cabo de algunas generaciones las transferencias que pudieron haberse operado. Tales arreglos institucionales eran relativamente ineficientes con respecto a las instituciones del derecho moderno, pero mitigaban una parte de sus desventajas mediante una serie de reglas no escritas -o instituciones informales en la terminología de D. North.

Siguiendo con los mismos ejemplos, el deber de auxilio familiar estaba siempre presente y se extendía a las familias "políticas" (por eso era necesario que previamente los esponsales contaran con el visto bueno del padre de la familia extendida), o también podemos hacer alusión el ya consabido principio de "noblesse obligue". Comprobadas tales relaciones entre valores e instituciones, por lo general emerge la disputa en torno a si los valores -o en nuestros términos las instituciones informales- que prevalecen en determinada época son un emergente de determinado sistema social, económico o político o si por el contrario, son las ideas las que determinaron tales diseños institucionales. En otras palabras, si es la Revolución Francesa una consecuencia de un previo movimiento de ideas, o si fueron los dispositivos institucionales agotados del Antiguo Régimen los que desencadenaron un cambio, que luego buscó en las ideas del Iluminismo su justificación.

Sin embargo, como consignamos en Necesidad y Subjetividad, somos partidarios de considerar que el mundo de las ideas y el mundo de las instituciones sociales son irreductibles el uno al otro. Determinados arreglos institucionales pueden aparecer acompañados por determinadas instituciones informales como pueden no estarlo. Un sistema jurídico en el que, por ejemplo, una persona esté obligada a prestar auxilio económico al hermano de su consuegro pero no pueda vetar con quién se casa su hijo puede ser enormemente ineficiente, pero no por ello puede dejar de ser posible. Viceversa, podríamos encontrar una sociedad en la que los padres tengan gravitación en la elección de los cónyuges de sus hijos, sin el menor deber de auxilio familiar en contrapartida. Sería insoportable, muy injusto, pero no imposible. Existen arreglos institucionales que generan una suerte de retroalimentación con determinado conjunto de valores vigentes en un momento dado y que por ello son más eficientes o más estables -sin que una cosa implique la otra- y otros que, por el contrario, generan una ineficiente asignación de recursos o son inestables -aunque no por ello improbables. Señalamos esto a propósito de la tentación de pensar que por disponer de un nuevo arreglo institucional, espontáneamente tendrían que emerger determinados valores, o que, por el apuntalamiento de determinados valores, el cambio institucional deseado se operará por sí solo. Por el contrario, la eficiencia o la estabilidad de un cambio institucional a implementarse dependerán del conjunto de valores y prácticas sociales dado en determinado momento y lugar y con tal deberá lidiar.


Por supuesto, existen determinados arreglos institucionales que tienen un mayor poder adaptativo que otros. Estas instituciones formales cuyo diseño las hace más aptas para funcionar con las instituciones informales dadas tienen una mayor estabilidad y generan una asignación de recursos más eficiente. Por ejemplo, arreglos institucionales que promuevan que las consecuencias, positivas o negativas, de una decisión recaigan sobre su autor. Tales arreglos institucionales permiten sacar mejor provecho de la información sobre oportunidades que dependen de especiales circunstancias dadas -como la provisión de determinado bien relativamente escaso y por lo tanto, relativamente caro, haciéndolo menos escaso- o promueven una conducta más diligente -ya que la consecuencias de conductas imprudentes o negligentes habrán de recaer sobre su agente. En términos normativos podemos citar a la propiedad privada individual y al régimen de responsabilidad civil basado en la culpa individual como ejemplos. Estos sistemas también sufren los embates de los cambios en las instituciones informales; pero, dadas las características reseñadas, tienen una mayor probabilidad de adaptarse a ellos y resultar estables y eficientes al mismo tiempo.

lunes, 21 de abril de 2014

Necesidad y Subjetividad

La actualidad de David Hume puede ser ilustrada con el artículo de divulgación científica publicado en Aeon Magazine por Tim Maudlin bajo el título The Calibrated Cosmos. En el mismo, Maudlin efectúa una ágil relación de las principales teorías sobre la formación del universo, destacando que todas ellas coinciden en consignar que, para que se dé el orden en lugar del caos, se tienen que conjugar un número asombrosamente excepcional de condiciones. En pocas palabras, resulta altamente improbable que se haya podido dar el universo tal como lo conocemos. El enigma que plantea el autor versa sobre cómo es entonces que el universo -en otras palabras, la realidad- aparace ante nosotros como un orden finamente ajustado.

La explicación que arriesga Maudlin se encuentra en la línea del empirismo humeano: si bien el orden emergente es contingente, el sujeto que lo estudia también es un emergente de las condiciones que determinaron tal orden y, por consiguiente, las características de dicho orden le aparecerán a dicho sujeto como necesarias. Si cambiaran las condiciones que permiten que el universo se encuentre ordenado como lo vemos, también cambiaría el sujeto que lo contempla y a él esta nueva realidad le aparecería ordenada de un modo tal que le resultaría necesariamente armonioso, en tanto que nosotros la juzgaríamos caótica (o más aún, no podríamos siquiera conocerla.)

En el terreno de las ciencias sociales podemos encontrar planteos similares. Es bien conocida la distinción entre lengua y habla de la lingüística y todas sus derivaciones en torno al concepto de estructura para el resto de las disciplinas. En el campo de la economía política, encontramos un breve pero lúcido ensayo de James M. Buchanan titulado "Los absolutos relativamente absolutos". En el mismo terreno, tal vez el que con más compromiso haya encarado la cuestión haya sido Friedrich A. Hayek, que buscó revalidar la noción empirista de sujetividad, rechazando el dualismo cartesiano y afirmando en su lugar que tanto la realidad cultural que circunda al sujeto como la razón que le permite estudiar aquélla son ambas frutos de la evolución y, por consiguiente, no pueden resultar una reducible a la otra (significando esto no sólo una conclusión filosófica, si no también una posición política.) Hayek reconoce expresamente la influencia de David Hume en estas ideas y también de una de las más destacadas obras del empirismo del pasado siglo: el Tractatus de Ludwig Wittgenstein.

jueves, 17 de abril de 2014

El medio ambiente de las ideas

Una breve e inspiradora nota para pensar cuestiones al evolucionismo cultural y normativo puede encontrarse en Medium, escrita por Ian Leslie y titulada The Picasso Effect. En el mencionado artículo, el autor resume las circunstancias en virtud de las cuales el cubismo de Pablo Picasso fue un éxito comercial, en contraste con la trágica carrera de Vincent van Gogh. Picasso habría encontrado un nuevo tipo de consumidores de obras de arte en jóvenes ricos, bien educados y dispuestos a desafiar las convenciones sociales, en fuerte contraste con sus padres, contemporáneos de Van Gogh. A su vez, las muestras oficiales en la época de Picasso estaban cediendo terreno a las privadas, menos apegada a los cánones de estética. Finalmente, el ingreso en el mercado parisino de comerciantes de arte extranjeros y jóvenes, interesados en adquirir lo nuevo y en venderlo al más alto precio posible.

El autor llega a la conclusión de el éxito de una idea innovadora depende en buena medida del momento propicio para ella. Tanto Van Gogh como Picasso fueron innovadores en su arte y fueron al encuentro de la oportunidad, pero ésta sólo se le presentó al segundo. El mismo concepto podría ser aplicado para empresarios o para políticos. Existe un margen de condiciones incontrolables por el agente de decisión y lo que le resta hacer en tal contexto es tomar decisiones a la luz de tales condicionamientos.

En lo que respecta a la evolución cultural e institucional el caso ejemplifica la distinción entre una idea y la estructura de relaciones en la que dicha idea se desarrolla. El evolucionismo, en líneas generales, podría conceptualizarse como el estudio de los mecanismos en virtud de los cuales una determinada característica –biológica o cultural- interacciona con el medio ambiente, permitiendo la supervivencia y reproducción de los vehículos portadores de dicha característica. En lo que a evolucionismo cultural respecta, una idea, una norma, o un hábito pasan a ser incorporados por los individuos actuantes en un medio social dado, consistente en un entramado de elementos heterogéneos, como ser otras ideas, dispositivos institucionales, recursos económicos o fenómenos naturales, ajenos todos ellos al control de agente de decisión o al creador de la idea innovadora.

En el caso del artículo bajo comentario, su autor, Ian Leslie, propone que el agente de la innovación fuera al encuentro de la oportunidad. Algo similar aconsejaba Nicoló Macchiavelli cuando concluía que, dependiendo la suerte del príncipe mayormente de la fortuna, la virtud más importante de aquél era la iniciativa, ya que, siendo aquélla  imprevisible e incontrolable, de poco valía esperar la oportunidad adecuada.

En resumidas cuentas, trasladar el concepto de “deriva evolutiva” de las ciencias biológicas a las sociales exige poner en valor teorías que incorporan como elementos a la incertidumbre, la complejidad y la probabilidad, las que pueden encontrarse tanto en formulaciones contemporáneas como clásicas.

martes, 15 de abril de 2014

Los usos de la escuela de Behavioural Economics

En las últimas semanas, desde nuestra página en Facebook y nuestra cuenta de Twitter, propusimos, sucesivamente, la lectura de tres publicaciones aparecidas en la web en torno a la disputa entre los postulados de la escuela que se conoce como “Behavioural Economics” y la noción de racionalidad corriente en las ciencias sociales.

En la primera de ellas, publicada por el destacado sitio Project Syndicate, Keith E. Stanovich distingue entre las nociones de inteligencia y racionalidad, comúnmente confundidas. El mencionado autor, en pocas palabras, busca explicar cómo muchas veces gente inteligente comete groseros desaciertos, considerados como “irracionales” por la referida escuela de Behavioural Economics: tomar decisiones que suponen una expectativa de vida superior a la media, considerar toda evidencia como una confirmación de las propias suposiciones, o tomar decisiones incoherentes en función del efecto de distintos marcos de referencia, por citar algunos ejemplos. Stanovich propone enfocar los esfuerzos en materia educativa en entrenar en el desarrollo de estrategias del razonamiento, en lugar concentrarse exclusivamente en aspectos propios de la inteligencia.

En el otro arco del espectro de opiniones sobre la materia, tenemos al economista Peter Leeson, quien, en una entrevista realizada por Ben Richmond para la publicación Motherboard, afirma que conductas que aparentemente no tendrían explicación racional alguna, o serían clasificadas dentro del pensamiento mágico, como ser los sacrificios humanos celebrados por las comunidades primitivas, contarían con su propia explicación racional. Para Leeson, partir de la caracterización de tales rituales como irracionales implicaría clausurar toda investigación ulterior. Lo interesante, para el referido autor, pasa por asumir que tales decisiones son racionales e inferir a partir de allí qué elemento faltante para nuestra cosmovisión le otorgaría racionalidad. El supuesto de que toda acción es racional -y su subsecuente explicación- permitirían formular hipótesis ad hoc que harían extender nuestro rango de conocimiento sobre la significación de tales prácticas sociales.


Finalmente, Tim Harford, para el Financial Times, hace un balance de la incidencia de la Behavioural Economics en las políticas públicas. En su lúcido artículo, Harford reconoce que dicha escuela ha sido la estrella en materia de políticas públicas de la última década, pero al mismo tiempo llama la atención sobre el actual repliegue de la misma. Su crítica estriba fundamentalmente en que el referido auge de tal visión en materia de políticas públicas no provino tanto de su capacidad para formular propuestas más racionales, o más eficientes, si no las menos impopulares. En resumidas cuentas, los aportes de la mencionada corriente no han influido tanto en la toma de decisiones más racionales por parte de los ciudadanos, si no en la elaboración de marcos de referencia que hagan más digeribles para el público determinadas decisiones políticas poco populares –es decir, generar, paradójicamente, una decisión irracional por parte del mismo a la hora de juzgar tales políticas.