Fundación Instituto David Hume

Los invitamos a visitar la página de a Fundación Instituto David Hume www.ihume.org

domingo, 11 de enero de 2015

Charlie Hebdo: Todos, nadie, uno.

La primera reacción pública frente al atentando a los integrantes de la redacción de la publicación satírica Charlie Hebdo fue acudir a la identificación con la víctima: “Je suis Charlie Hebdo”. En menos de 48 hs. se comenzaron a escuchar los primeros distanciamientos: no todos querían identificarse con Charlie Hebdo, ya que eran pocos los que adherían por entero a su línea editorial. En estos casos, lo más delicado reside en las razones para expresar una u otra posición.

La identificación de la comunidad con la víctima de un atentado es un requisito que hace a la legitimación de la persecución penal contra quienes hayan perpetrado el atentado. En este sentido, es correcto decir “yo soy Charlie Hebdo”, ya que esto implica afirmar que la víctima del atentado pertenece a nuestra comunidad y es la comunidad la que ha sido agredida en la persona de la víctima. Si el estado –en este caso el Estado Francés- se encuentra legitimado para iniciar la persecución penal de tal atentado es porque el agredido se encuentra dentro de la comunidad protegida por aquél. Por otra parte, dado el cariz político del crimen, si le da el rango de cuestión de estado es porque es la autoridad del mismo la que ha sido desafiada: alguien distinto al propio estado se está atribuyendo la autoridad para decidir qué tratamiento público debe dársele a las opiniones molestas. Recién aquí es cuando entra a jugar el tema de la libertad de expresión.

La libertad de expresión en tanto que garantía individual solamente es relevante cuando lo que se expresa es una opinión con la que disentimos: La opinión de “otro”, en el sentido de completamente ajeno a uno mismo, un “otro” que expresa lo que no queremos escuchar. Cuando nadie discutía la proveniencia divina de la autoridad de los reyes, el cuestionamiento público a los mismos constituía una profanación de una repugnancia semejante a la que hoy sufre un feligrés cuando debe soportar una afrenta a su religión. Los reyes entendían que, -expresándolo en el lenguaje de hoy- en esos casos no se había hecho un ejercicio “responsable” de la libertad de expresión o que la misma “no estaba para eso”.

Por el contrario: que la libertad de expresión sea efectivamente una garantía depende de que quien exprese una opinión sumamente ofensiva contra un tercero o contra la autoridad no pueda ser legalmente perseguido por el estado por haberla emitido (por supuesto, estamos hablando de “opiniones”, no de "enunciación pública de planes" contra un tercero o la autoridad). La libertad de expresión protege aquello que dice “el otro”, aquello que no queremos escuchar. En este sentido, para poder predicar de un sistema jurídico que éste respeta la libertad de expresión, “Charlie Hebdo” tiene que ser otro, enteramente distinto a nosotros, y no ser molestado por el estado a causa de sus opiniones aún pese a aquéllo.

Ahora bien, cuando un grupo armado atenta contra un ciudadano porque se considera agraviado por las opiniones vertidas por éste no está atentando contra la libertad de expresión directamente, si no contra la vida de sus víctimas y contra la soberanía del estado que reconoce la libertad de expresión de sus ciudadanos (es decir, atenta contra la libertad de expresión sólo mediatamente). A los efectos de la vida de las víctimas del atentado “todos somos Charlie Hebdo”. En cuanto a la relación del estado que reconoce la libertad de expresión de sus ciudadanos “no todos son Charlie Hebdo” y es cuando “uno solo lo es” cuando más se pone a prueba el respeto de la libertad de expresión por parte del estado. Este respeto tiene dos aspectos: frente a los ciudadanos se manifiesta como una obligación de abstención frente a las opiniones expresadas; frente a quienes desafían mediante la violencia física tal sistema de valores, en la persecución legal y política de los mismos. Nótese que no resulta necesario que “todos seamos Charlie Hebdo” para que el estado garantice la libertad de expresión en este doble aspecto (abstención frente al ciudadano e intervención frente al agresor). Es más, solamente podemos decir con seguridad que garantiza la libertad de expresión cuando Charlie Hebdo es enteramente el otro.

En resumen, la persecución jurídica, en el plano del derecho penal, del atentado se activa con la agresión sobre la vida de las víctimas del mismo. En tanto la persecución política –en el marco de un estado de derecho, se entiende- se pone en movimiento con el desafío a la autoridad pública que implicó el uso de la violencia física con la finalidad de imponer la abrogación de la libertad de expresión. Que seamos o no seamos Charlie Hebdo depende de cuál de los dos aspectos estemos considerando: para el primero es necesario que lo seamos todos, para lo segundo alcanza con que lo sea uno solo.