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viernes, 11 de septiembre de 2015

Innovación y suerte inmerecida

Hace pocos días Rory Sutherland publicó en The Wiki Man,  su columna quincenal en The Spectator, un breve artículo sobre qué elogios pueden ser apropiados para la economía de mercado y cuáles son en absoluto equivocados: “El verdadero poder de los mercados libres: no la eficiencia, si no la innovación y la suerte inmerecida.”, podría ser una traducción de su título. El autor expone que comúnmente la libre competencia es defendida invocando atributos de los que ella carece -como el de una eficiente asignación de recursos-, al tiempo que se pasa por alto su principal virtud -su capacidad para generar innovaciones- y se da nula respuesta a uno de sus costados más insatisfactorios: su relación con el mérito.

Los argumentos de Sutherland podrían resumirse en que existen sistemas económicos más eficientes que la libre competencia para asignar recursos económicos relativamente escasos a las necesidades humanas, desde el momento en el que la competencia implica ya de suyo una superposición y multiplicación de infraestructura y proveedores para ofrecer al consumidor una variedad de productos que podría ser sustituida más eficientemente por la necesaria variedad a una mayor escala mediante un único proveedor. De igual manera, las decisiones sobre qué producir, en qué cantidad, cómo hacerlo, para quiénes y cuándo podrían ser tomadas con mayor racionalidad por un comité de planificación central que por el mercado, el que algunas veces es visto como una anarquía y otras como un orden determinado por la avaricia (que es de por sí irracional).

Más allá de los argumentos sobre la posibilidad o la imposibilidad del cálculo en una economía centralmente planificada, Sutherland apunta a rescatar una virtud de los mercados que es raramente reconocida, aún para sus defensores: como reseñamos, la capacidad para generar innovaciones. No sólo se pueden mencionar las invenciones de los últimos dos siglos y medio, también corresponde llamar la atención de que la literatura de anticipación de los años noventa en materia de internet, por ejemplo, no tuvo la menor sospecha sobre el fenómeno de las redes sociales, como así tampoco hoy podemos estimar el impacto de éstas sobre nuestra vida o su futura evolución. Una economía cuyos cambios son generados por emprendedores, que buscan obtener beneficios explorando bienes y servicios hasta el momento inexistentes, funciona principalmente como un mecanismo de descubrimiento de necesidades y soluciones. Este mecanismo de descubrimiento es lo que permite al sistema social adaptarse a los cambios: una mayor expectativa de vida, nuevas filosofías de vida, nuevas formas de relacionarse. A primera vista es el mismo sistema de competencia el que genera los cambios y es el mismo el que provee de las respectivas soluciones, igualando las escaseces relativas de los distintos bienes. Pero ese mismo proceso de retroalimentación negativa es lo que le da al sistema estabilidad sin sacrificar el cambio y el progreso.

El segundo aspecto es tal vez más incómodo: desde el momento en el que los mercados aseguran la innovación, las remuneraciones de las distintas actividades también quedan sujetas a cambios imprevistos. Esto hace que existan muchas personas que tuvieron suerte o que fueron muy sagaces y que gozan de beneficios en buena medida inmerecidos, mientras que el esfuerzo bienintencionado de otros parece no poder encontrar recompensa. Rory Sutherland propone a los defensores de la libre competencia no seguir engañándose y asumir que éste es un aspecto no del todo alentador de aquélla. Sin embargo, aún en las economías planificadas las remuneraciones se asignan por la contribución marginal de cada recurso (material o humano) al valor de la producción (así era como se organizaba la economía en los países socialistas del Siglo XX). Lo que aquí se agrega es que es la misma innovación del sistema de libre competencia la que genera beneficios inesperados y pone en crisis nuestros valores meritocráticos. Sin embargo, no veo que otros sistemas alternativos hayan resuelto mucho mejor el mismo problema.

La nota de Rory Sutherland que estamos reseñando, si bien es breve y se encuentra escrita en un lenguaje directo y coloquial, tiene un trasfondo de cierta erudición: sus ideas pueden encontrarse en los escritos de Friedrich A. Hayek sobre meritocracia y valor y sobre la competencia definida como un proceso de descubrimiento, también en sus debates sobre el cálculo económico en el socialismo. Pero asimismo la inspiración del autor se remonta a David Hume: el filósofo escocés distinguía entre “virtudes naturales” y “virtudes artificiales”. Las primeras aparecían como un beneficio directo para los individuos y el sistema social. Entre tanto, las segundas aparecían a primera vista como una amenaza a la estabilidad social, pero, por el contrario, aseguraban la misma “en un largo plazo” –para emplear un término posterior a Hume y anterior a nosotros mismos. Como ejemplo por excelencia de las virtudes artificiales, Hume mencionaba a la justicia. A primera vista, parecería más “eficiente” (para emplear un lenguaje todavía contemporáneo) decidir las controversias según “oportunidad, mérito y conveniencia”, pero lo que permitía al sistema evolucionar y adaptarse a los cambios era decidir las cuestiones siguiendo un principio de justicia.


De modo similar, la libre competencia puede resultar ineficiente e inequitativa. Sin embargo, nuestras nociones sobre qué es lo que necesitamos y sobre cómo premiar a quienes lo producen provienen precisamente de un proceso en el cual los descubrimientos y las innovaciones nos permitieron sobrevivir a los cambios, que son tan imprevistos como inevitables.-  

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